En Jerez de la Frontera hay señales que anuncian la lluvia: el cielo encapotado, el olor a tierra mojada… y una olla al fuego con berza. Cuando bajan las temperaturas o el mal tiempo se instala varios días, esta receta tradicional vuelve a ocupar un lugar protagonista en las cocinas jerezanas.
No es casualidad. La berza jerezana es mucho más que un plato: es costumbre, memoria y refugio. Un guiso contundente, elaborado a fuego lento, que ha pasado de generación en generación y que sigue siendo, hoy en día, la receta más cocinada durante el invierno y los días de lluvia.
Un plato humilde que alimenta cuerpo y recuerdos
Garbanzos, tagarninas o acelgas, judías verdes, patatas y su inseparable “pringá” forman la base de una receta que no entiende de prisas. La berza necesita tiempo, reposo y paciencia, justo lo que invita a hacer un día gris de invierno.
En muchas casas, el olor de la berza marca el ritmo del día: se empieza por la mañana y se deja hacerse despacio, mientras fuera llueve. Es un plato pensado para reunir a la familia, para repetir y para comer mejor al día siguiente.
Tradición que resiste al paso del tiempo
A pesar de los cambios en los hábitos alimentarios, la berza sigue resistiendo. No falta en bares tradicionales, ventas y hogares donde se mantiene viva la cocina de siempre. Cada familia tiene su versión, su truco y su forma de servirla, pero el espíritu es el mismo: comer caliente y con fundamento.
Cuando el tiempo no acompaña y apetece quedarse en casa, la berza se convierte en el plan perfecto. No necesita moda ni reinvención. Funciona porque conecta con lo esencial.
Mucho más que una receta de invierno
La berza no solo combate el frío, también refuerza la identidad local. En días de lluvia, Jerez se reconoce en sus platos, en su forma de sentarse a la mesa y en esa cocina lenta que no entiende de prisas.
Porque en Jerez, cuando llueve, no se improvisa: se hace berza.